Una puesta de sol

Almerimar

Almerimar es una urbanización que pertenece a El Ejido, a unos 20 km al este. Son edificios modernos y no muy bonitos, pero goza de un lugar privilegiado, al borde del mar. El Ejido es la zona de Almería donde más invernaderos hay; sin embargo, desde Almerimar no se ven: es como un apartado de la realidad. El Ejido es un pueblo rico, gracias a su agricultura, y Almerimar es su playa privada.

El puerto es muy curioso, metido entre las mismas calles de la urbanización: cada dársena está flanqueada por los propios edificios de la ciudad, como si el mar se hubiera colado entre los bloques. Ha crecido mucho y tiene todos los servicios necesarios —supermercados, autobuses de línea, etc.—, por lo que la estancia allí es cómoda.

Es un puerto frecuentado por muchos extranjeros del norte de Europa; hay bares de ingleses y alemanes, un ambiente peculiar que le da un aire cosmopolita y a la vez extraño.

La mar

Al pie de las Alpujarras Almerienses, las grandes montañas se observan desde el puerto, y este invierno las hemos visto blancas de nieve, además de hacer alguna excursión a los pueblos alpujarreños. Merece la pena: son un remanso de tranquilidad encajados entre la sierra y el mar.

Los primeros días, todavía sin coche —y aunque las comunicaciones en el Levante son muy mejorables—, subimos a casa para traernos nuestro inmortal Citroën AX. Con él recorrimos las montañas y la costa, además de volver a casa con facilidad de vez en cuando. Aquel cochecito se convirtió en nuestro salvoconducto entre dos mundos.

Almerimar tiene su encanto. Los paseos por la playa, larga y amplia, eran un placer, y aquí tuvimos puestas de sol espectaculares, sobre todo en invierno, cuando el sol está más al sur y se ponía directamente en el mar, tiñéndolo de naranja y magenta.

Fue un tiempo tranquilo. Lo pasamos entre el mantenimiento del Azul, los paseos por la playa y alguna que otra visita. Las bicicletas jugaron un papel importante: con ellas recorríamos el paseo marítimo, íbamos a la compra y nos sentíamos un poco más libres. Aprovechando el coche, subimos varias veces a casa, dejando el Azul solo en el puerto. También estuvimos de viaje por la Alpujarra cuando Gaspar, Javier y Carmen nos visitaron.

Había una tienda náutica muy interesante donde encontramos algún equipo de segunda mano: uno de los displays de la bañera, que apenas se podía leer, del mismo modelo y a un precio razonable. Pequeños hallazgos que alegran el día a un navegante.

Fue una etapa de transición. Terminamos aquí porque no teníamos sitio en Melilla, pero estuvo bien, con sus peculiaridades. Por ejemplo, aquí las tapas son sí o sí: pagas lo mismo por la cerveza con tapa que sin ella, así que, aunque no tengas hambre, no tiene sentido no pedir tapa. Una costumbre que al final acabas agradeciendo.

Estuvimos aquí desde noviembre hasta mayo. En mayo, cuando tuvimos una ventana de mejor tiempo, zarpamos a Melilla. Era la última vez que estaríamos en la península; a partir de ahora saltábamos a otro continente, sin tener todavía un rumbo fijo, un destino al que llegar. El viaje nos lo irá enseñando.