
El Azul zarpó de Almerimar el 12 de mayo con rumbo a Melilla. A bordo, además de mí, mi compañera Eli y mi amigo Juan, un navegante veterano cuya experiencia de 67 años pronto se revelaría invaluable. El viento del suroeste (SSO) no nos permitió navegar a vela, así que pusimos rumbo sur a motor, con un trozo de génova y dos rizos en la mayor, haciendo entre 4 y 5 nudos.
Tras superar la franja de tráfico del Estrecho sobre las 15:00, el primer aviso serio llegó: el motor se detuvo. Había cambiado los filtros antes de partir, así que pensé en una burbuja de aire. Lo purgué y arrancó. Pero ahí empezó mi otro problema: un mareo intenso que me debilitaba. El motor aguantó un par de horas... y volvió a pararse. Mi estado empeoraba cada vez que bajaba a la sala de máquinas. Volví a purgar, arrancó... y se detuvo de nuevo. El gasoil no llegaba bien al motor.

El motor arrancaba con facilidad, lo cual era un gran alivio: descartaba una avería mecánica grave en el bloque. Hicimos varias pruebas y con cada una mi estado empeoraba: bastaba bajar a la sala de máquinas para tener que subir corriendo a abrazarme al cubo que me esperaba en cubierta.
Seguíamos avanzando lentamente, a 2 o 3 nudos, y afortunadamente con buen rumbo hacia Melilla. Pero los intentos seguían siendo infructuosos y la noche cayó sobre nosotros. Yo no me encontraba nada bien y tenía que descansar; en mi estado no podía hacer nada. Decidí intentar dar una cabezada. Con la luz del día todavía tendríamos tiempo de seguir probando, pero para ello debía recuperar mi cuerpo: así como estaba, era completamente inservible.
Al amanecer del día 13, sobre las 05:00, relevé a Juan. Mi cuerpo parecía haberse estabilizado; la cabezada había sido reparadora. Tormentas amenazaban el horizonte. Un nuevo susto: el piloto automático no respondía. «Seatalk Error». Un reinicio de la instrumentación solucionó ese problema, pero sembraba dudas, y debería meterle mano en cuanto pudiese, aunque la prioridad seguía siendo el motor. Me preparé un café y me sentó bien; comí alguna pieza de fruta que hizo milagros en mi estómago.
Durante esas horas críticas, Juan aportó una serenidad y una confianza fundamentales a bordo. Gracias a él y a Eli, pude despreocuparme completamente del rumbo y del tráfico marítimo. Mientras yo luchaba en la sala de máquinas o estaba fuera de juego por el mareo, ellos se ocuparon de mantener el barco en el rumbo correcto y vigilar la navegación. Saber que el Azul estaba en buenas manos me permitió centrar toda mi energía en la mecánica.

Cuando Eli se levantó, hacia las 07:00, decidí atacar de nuevo el motor. Cambié otra vez el filtro y el prefiltro —que no parecían sucios—. Arrancó... y se paró. Revisamos el circuito. La manguera del prefiltro al motor estaba vacía. Probamos todo: el combustible fluía libremente antes del decantador, pero el grifo anterior parecía obstruido. Lo limpié... y parecía la solución. Pero no. El motor volvió a pararse. Cada prueba era meter el cuerpo entero en la sala de máquinas, por encima del motor —no es la postura más cómoda—; sin embargo, ya me había recuperado totalmente, lo que me permitía seguir insistiendo. Me preocupaba la batería: muchos intentos de arranque. Pero llevamos tres bancos, y uno de ellos sin usar, solo como reserva del motor. Además tenemos placas solares, así que, de una forma u otra, la electricidad no debía suponer un problema.
El día avanzaba implacable. Eran casi las 18:00 y estábamos a menos de 10 millas de Melilla. Llevaba todo el día entrando y saliendo al motor; no disfruté nada del viaje: solo veía el horizonte y la hora, esperando que el motor no se parase. Fueron horas largas y cansadas. Las opciones se reducían: entrar a vela —parecía complicado (cierto es que, luego de conocer el puerto, hubiese sido una opción asequible)—, volver a la península o fondear, pero eran tierras desconocidas y no sabíamos bien dónde sería el sitio adecuado.

Quedaba un último intento, arriesgado: puentear el prefiltro. Tuve que improvisar un empalme con lo que tenía. Además, me preocupaba que los residuos que habían atascado el prefiltro llegaran al motor, aunque todavía quedaba un filtro más antes de que el gasoil alcanzase el motor —el filtro habitual de cualquier motor—. Y no teníamos más opciones. A apenas 5 millas de la bocana, con el corazón en un puño, purgué el sistema... y arrancamos. «¡No se para!», pensé con un nudo de esperanza en la garganta. Y no se paró.
El Azul, y Volvotor, pusieron rumbo a Melilla. La teníamos a la vista. Hablamos por radio con el puerto y pedimos que nos llevara al amarre directamente; no queríamos parar en el muelle de espera, por si acaso. Le explicamos la situación y así lo hicieron. Fue una sola hora de navegación, y aunque el miedo lo teníamos todos, creo que esta vez había ya confianza en que no se detendría.
Atracamos sin incidencias. El Azul, como si nada hubiese pasado. Nosotros no íbamos tan convencidos. Tocamos tierra, nos abrazamos y lo celebramos. Ahora, a pensar y descubrir cuál era la causa y solucionarla. Pronto supimos que fue la bacteria del gasoil —el famoso diesel bug, que prolifera por la condensación en los tanques y la humedad— lo que había producido el atasco. Sería un trabajo tedioso solucionarlo, limpiar los depósitos y todo el circuito, pero eso ya forma parte de otra historia.
Una navegación dura para todos. Para mí, además, el mareo me debilitó y pasé muchas horas metido en la sala de máquinas. Sin embargo, al final todo salió bien. No podemos pedir mucho más.