Fuera del Agua

Rumbo a Torrevieja, la varada

Abril de 2024. Tenemos cita en el varadero de Torrevieja.

Después del episodio de la hélice y el tiempo de estancia en Alicante, el Azul necesita salir del agua: una revisión en profundidad y una limpieza a fondo. Elegimos Torrevieja porque nos permiten trabajar a nosotros en el barco. Últimamente se ha puesto de moda no dejar que nadie meta mano en su propia embarcación —hay que pasar por caja y pagar todos los servicios—, y creo que es tremendamente injusto.

De la Manga a Torrevieja apenas hay medio día de navegación. El plan es llegar por la tarde y fondear dentro del puerto. Allí son flexibles y, si no ha cambiado la cosa, permiten un fondeo al abrigo del muelle. Eso nos da la opción de entrar al día siguiente a primera hora al varadero.

El arrecife

La salida del Tomás Maestre no es la más sencilla. El Azul, al ir marcha atrás, cae a estribor pronunciadamente, así que salir marcha atrás por toda la calle —que no es muy amplia y encima es larga— siempre es un ejercicio de equilibrio. Virar a babor le cuesta si no hay un margen amplio. Pero bueno, todo es cuestión de práctica, y esta vez lo conseguimos muy bien.

La travesía fue tranquila: buen tiempo y algún delfín, nada reseñable. Llegamos al puerto según lo previsto y nos preparamos para el fondeo. No planeábamos bajar a tierra, no era necesario.

Había seis o siete barcos fondeados, una sorpresa que no nos esperábamos. Demasiados para un espacio tan reducido. El viento venía de tierra, suave, y la maniobra fue sencilla, sin problemas. Quizá nos quedamos demasiado cerca de uno de los barcos, pero parecía suficiente. Sin embargo, ese hecho nos obligó a largar menos cadena de la deseada. Largamos veinte metros en un fondo de menos de cinco. La teoría dice que es suficiente; la experiencia me ha enseñado que eso es poco. Pero esta vez nos limitaban el espacio y los barcos alrededor.

Yo me quedé con la mosca detrás de la oreja. La previsión decía que el viento subiría por la noche. Nada preocupante, pero subiría.

Cenamos y nos relajamos. Al día siguiente levaríamos ancla y en diez minutos el Azul estaría en tierra. Miguel, un gran amigo, nos ofreció su barco, el Judith: un pequeño velero de madera con vela cangreja, estilo clásico y muy bonito. Dormiríamos allí, fuera del Azul pero al lado del trabajo, durante los días de la varada. Un chollo.

Después de unas risas y una cena distendida en la bañera, nos fuimos a dormir. Juan, de nuevo, fiel como siempre, nos acompañaba. Hablamos de la cadena y de que no nos gustaba la situación, aunque no parecía que fuese a haber problemas. Pero yo me quedé en el salón, medio de guardia. No me gustaba el fondeo.

El viento comenzó a subir. Todos los barcos se aproaron a tierra. Yo salía de vez en cuando a la bañera a echar un vistazo. Todo parecía correcto.

La Orza rehabilitada

Dormitaba a ratos, hasta que en uno de esos momentos desperté. Serían las cuatro de la madrugada. Salí a cubierta y, todavía con los ojos soñolientos, algo no encajaba. Cuesta orientarse de noche, pero rápidamente me di cuenta: estábamos lejos de los veleros fondeados.

Habíamos garreado.

El ancla había cedido y el Azul se había desplazado un buen trecho hacia el dique de Levante, casi al lado de la bocana. Joder, dentro de puerto.

Arranqué el motor. La tripulación despertó sobresaltada.

—Hemos garreado —dije.

Una vez el motor en marcha, el peligro desapareció. Solo faltaba recoger el ancla y volver a fondear, pero el susto ya estaba dentro. Podía haber sido grave. Hasta el paseo más simple te puede deparar un buen susto en el mar.

De nuevo, error mío. La próxima vez, mejor abarloarse al vecino que quedarse corto de cadena y garrear.

Repetimos la maniobra. Esta vez, cuarenta metros de cadena al fondo. Quedamos un poco separados del núcleo de barcos —de noche es más difícil calcular las distancias y quizá estábamos demasiado centrados en el puerto—, pero solo eran unas horas. Ahora sí, el Azul se quedó quietecito hasta la mañana siguiente.

Por la mañana sonó el teléfono. Era Miguel, que andaba trabajando en un velero de sesenta metros y tres palos.

—¿Qué coño haces ahí en medio del puerto?

Le conté lo que había pasado y tuve que aguantar sus burlas. Con cariño, claro.

Un café mañanero, unos suspiros de alivio, y llegó la hora de ir al varadero. A las diez de la mañana teníamos el Azul fuera del agua. Llevaba un arrecife entero pegado al casco. El tiempo de San Gabriel todavía nos pasaba factura.

La varada fueron doce días: limpieza, revisión de eje, timón, hélice, grifos de fondo, cambio de ánodos, pintura nueva y trabajo sobre la orza. Un lijado a fondo para comprobar que su estado era espectacular. Y lo era. Todo estaba en su sitio, sólidamente construido.

Por el día, trabajo. Por la noche, rendidos, descansábamos en el Judith.

Llegó el momento de volver al Tomás Maestre. El Azul, al agua. Un cebado de la bocina seca y una despedida de los trabajadores del varadero —todos amables, todos echando una mano en lo que hiciera falta—. La travesía de vuelta fue tranquila, sin incidencias. En unas horas, el Azul —todo guapo él, reluciente de pintura nueva— volvía a estar atracado en su amarre.

Doce días fuera del agua. Doce días de trabajo, de risas con Miguel, de noches acurrucados en el Judith. Y un susto a las cuatro de la madrugada que nos recordó que el mar nunca te deja confiarte del todo.

Pero de eso se trata, supongo. De aprender. De seguir navegando.