
Zarpamos el 20 de mayo de 2026 a las 07:20 h y arribamos a Caleta de Sebo el 26 de mayo a las 12:00 h. 583 millas en seis días. Teníamos previsto salir de Ceuta el día 12. Se nos acababa el atraque contratado y Juan había llegado el día 9 con esa idea. Sin embargo, un persistente poniente en el estrecho nos ató las manos. Llevábamos días esperando y el parte no anunciaba un cambio a levante en al menos una semana. Dudamos: ¿era prudente zarpar con viento en contra? Al fin y al cabo, solo eran unas pocas millas hasta cabo Espartel y, una vez cruzado, los vientos soplarían a favor. Pero el estrecho no perdona: corrientes fuertes, remolinos… si no sabes leerlos, puedes acabar navegando hacia atrás. Más aún con el viento en la proa. Decidimos esperar. Gracias a la Marina Hércules de Ceuta, que nos mantuvo la tarifa durante la demora, pudimos mantener la calma sin prisas económicas.
Otra preocupación eran las orcas. En esta época del año siguen la migración de los atunes hacia el Mediterráneo para desovar; algunos lo llaman el movimiento proteico más grande del planeta. El caso es que en los últimos años se han producido interacciones con embarcaciones pequeñas, muchos veleros, causando daños en los timones. Esto puede terminar en un grave problema de seguridad. Hablamos con grupos locales, la mayoría de la península, y todos nos aconsejaban cruzar al lado español y costear por allí. Sin embargo, los ataques se sucedían: un día sí, otro no, pero con frecuencia, y todos eran en la costa española. Ninguno en la costa sur del estrecho. No entendíamos el consejo; se justificaban en el mayor número de barcos en la costa norte, pero no nos convencía.
Fueron jornadas de incertidumbre. Llegamos a plantearnos desistir del salto a Canarias y volver al Mediterráneo. No era un fracaso, pero tampoco llevábamos una derrota trazada en la carta, y eso generaba ansiedad. Era nuestra primera singladura oceánica de verdad y la cabeza no daba tregua. Día tras día, el poniente soplaba como un reloj de arena, dándome tiempo para repasar lo conocido y lo desconocido. Un diálogo silencioso entre mis dudas y el mar. Las preguntas lo abarcaban todo: el barco, mi preparación, nuestra capacidad de respuesta, las orcas. Acabábamos de solucionar un fallo grave en la instrumentación; un cable aplastado nos tuvo en vilo hasta dar con el punto exacto del corte. ¿Respondería todo en alta mar? Canarias está lejos. ¿Qué haríamos si algo fallaba allí?
El tiempo pasó y, como regalo inesperado, nos dio margen para visitar Tánger. Menos mal. Quizá el destino no quería que cruzáramos sin conocerla antes. Ciudad con carácter, de las que te piden volver. En esos últimos días en Ceuta conocimos a Giuseppe, un italiano recién llegado desde Grecia en un velero de seis metros. Hombre de mar, tranquilo y decidido. También esperaba al levante. Su plan era Tánger, luego Madeira, en solitario. Personajes así no se encuentran en cualquier puerto; el mar los atrae y los selecciona.
Al final partimos juntos. Él salió primero, nosotros detrás. Llevaba un pequeño fueraborda que solo usó para salir de la dársena; el resto, a vela. Nosotros izamos mayor; con poco viento, usamos motor de apoyo. Habíamos estudiado las corrientes: tras la pleamar de Algeciras, dos o tres horas después se establece una corriente saliente que empuja hacia el Atlántico. Nos funcionó. El Azul volaba por tramos: 8 nudos, 9 nudos. Giuseppe nos siguió la estela sin perder distancia. Costeábamos el norte de Marruecos.

Cruzamos el estrecho más rápido de lo previsto. Doblamos Espartel pasadas las 14:00 h y largamos motor. Sin tráfico importante. Sin orcas. Un viento que se intensificó desde tierra nos empujó durante horas a buen ritmo. Y con él llegaron unos visitantes inesperados: una nube de moscas marroquíes. De pronto la bañera y la cubierta se llenaron de insectos. Salimos limpios de Ceuta y aparecimos infestados. Las moscas mordían: mordieron a Juan incluso a través de la ropa, a Eli y a mí también nos tocaron, aunque no fue tan molesto. Sin insecticida a bordo, la defensa fue paciencia y un matamoscas. Una anécdota que algunos recordarán mejor que otros: el ataque de Espartel.
Giuseppe se asomó al Atlántico. Nos había dicho que tenía ganas de verlo, pero al principio nos confundió; creímos que había desistido de la parada en Tánger. Sin embargo, hizo un par de bordos y volvió hacia la ciudad.
Por la tarde el viento roló a NE. Nuestro rumbo era SW, así que lo teníamos de popa cerrada: mayor abierta con una buena retenida, sin génova. Tengo pendiente conseguir un tangón, pero El Azul respondió bien así, manteniendo 4,5-5 nudos. Un mar de fondo que entraba por la aleta de estribor nos balanceaba de vez en cuando, pero la navegación era limpia. Todo lo que había oído sobre esta ruta decía: izas velas y no las tocas hasta Canarias. Pensé que sería así. Me equivoqué.
Aquel viento favorable nos duró solo 24 horas. Al día siguiente roló a SW, directo por la proa. La travesía se volvió más exigente: encendimos motor y no lo apagamos hasta el día siguiente. Nos acompañó de forma intermitente casi toda la travesía; este fue el tramo más largo, 24 horas seguidas, pero después sería un aliado puntual.

Así transcurrieron los días: largas horas a vela, tramos de motor, y niebla. Al segundo día, antes del atardecer, llegó un polizón inesperado: un pequeño mosquitero. Probablemente un ave migratoria desviada por los vientos, se refugió a bordo cuando estábamos a unas 20 millas de la costa. No era habitual verlo tan lejos de tierra, pero el Atlántico a veces juega con los límites de lo esperado. Cenó copiosamente, dando cuenta de cientos de moscas muertas en la bañera. Al caer el sol, se metió en la cabina y se refugió en el camarote de popa. Creímos que nos acompañaría hasta el final. A la mañana siguiente despertó, se posó un momento en la mesa de cartas y, exhausto, cerró los ojos. Una pena. Pero pasó sus últimas horas a resguardo, con comida y descansando. A saber cuánto tiempo llevaba volando contra el viento que lo empujó al interior del océano.
Al tercer día, antes del anochecer, llegó otro visitante, esta vez no deseado y sí persistente: la niebla. Su primera visita comenzó a las 21:00 h y se alargó hasta las 04:00 h. Espesa, visibilidad inferior a 50 metros. Esa noche alteró mi guardia y mi descanso. Ningún parte la había anunciado, ni siquiera las emisoras costeras por VHF que sintonizábamos de vez en cuando. Supongo que, para la navegación comercial, no es prioritaria. Para nosotros, lo era.
El resto del viaje fue un compás de vientos portantes, tramos de motor y bancos de niebla que aparecían sin aviso. La falta de visibilidad nos agotó mentalmente, aunque el AIS nos mantenía informados de los contactos cercanos. Afortunadamente no hubo tráfico denso ni situaciones de riesgo real, pero navegar a ciegas nunca deja el cuerpo tranquilo.

El piloto automático cumplió sin un solo tropiezo. Gobernó El Azul los seis días completos, salvo breves ratos en los que tomaba la rueda yo. La tripulación no lo tocó ni una vez. ¡Serán gandules!
Al atardecer del quinto día estábamos a 25 millas de Lanzarote. Navegábamos con un través limpio, 4-5 nudos, y calculábamos llegar a La Graciosa de noche. No me hacía ilusión, pero la impaciencia por tocar tierra pesaba. Con carta y estima habríamos podido arribar, pero antes de anochecer la niebla volvió, densa y frustrante. Decidimos reducir velocidad. De noche quizá, pero de noche y con niebla no lo veía claro para entrar a puerto. Arriamos la génova, dejamos solo la mayor y la velocidad cayó a 2-2,5 nudos. Así navegamos hasta el amanecer, cuando la niebla se abrió y nos devolvió el horizonte.
El sexto día amanecimos a 12 o 13 millas de Lanzarote. A la vista, la roca del este y, poco después, el perfil inconfundible de la isla. El viento caía de nuevo, así que las últimas horas fueron a motor. Queríamos llegar. Aunque las millas finales eran aptas para vela, quizá las últimas cinco, mantuvimos el motor encendido. Nos quedaba una hora u hora y media y solo pensábamos en arribar. Sobre las 12:00 h nos dieron paso a Caleta de Sebo. Atracamos sin incidencias. El paisaje me dejó sin palabras: un lugar áspero, luminoso y silencioso. Cansados, pero con la sonrisa puesta. Un bote de cerveza para celebrar, una vez El Azul amarrado y antes del papeleo de entrada. Casi nos retrasamos con los trámites, pero todo cerró bien.
El Azul no falló. El motor, el piloto, las velas, la sentina seca. Los miedos de Ceuta, una vez más, infundados.
Ya llevamos unos días en La Graciosa. Juan ha partido en avión hacia Mallorca. Nosotros nos quedamos una temporada, sin fecha de cierre aún. Pero esa es otra historia, y ya sabes: el mar solo la cuenta cuando estamos listos para escucharla.