
Nuestro patio de juegos, de ensayos. Dejamos el Tomás Maestre a primeros de agosto. Queríamos pasar unos días fondeados en el mar Menor; esos días se convirtieron en tres meses. Pasaron rápido. Fue una escuela genial: la vida con el dingui para ir a por agua y víveres, fondear y levar el ancla casi todos los días, con una o dos, según las circunstancias.

Fue un periodo de desconexión de tierra. La vida en el Tomás Maestre había sido intensa y muy social; grandes amigos quedaban allí, y vendrían siempre en nuestro recuerdo, pero se agradeció el descanso: nosotros dos, el Azul, la mar y los astros.
Un gran final de verano. El día transcurría entre buscar el mejor fondeadero y darnos nuestros baños. Las excursiones a tierra para ver los pequeños pueblos ribereños: Los Nietos, Playa Honda, Los Urrutias, Los Alcázares, Santiago de la Ribera. Aquello que no hicimos por tierra, lo hacíamos ahora por mar, mucho más divertido.

Aunque era un espacio controlado, estábamos solos. Si soplaba levante, del este, íbamos a fondear buscando el abrigo de la manga; si soplaba poniente, a la otra ribera, a sotavento de tierra.
El otoño se aproximaba y ya debíamos marchar. La meteorología empezaba a dar avisos, los días se acortaban y el sistema solar era ya deficitario; necesitábamos arrancar el motor para mantener las baterías.
Y en octubre llegó un gran temporal de levante. Los avisos eran de fuertes vientos y los tuvimos: rachas de 50-60 nudos. Nosotros, frente al Tomás Maestre. Dos anclas al fondo y el Azul ahí se mantuvo, firme. No nos movimos. Todo fue bien, pero hizo estragos en el puerto y en la ribera oeste. Al día siguiente vimos las consecuencias: farolas y árboles caídos, velas rotas, y más de un susto, según nos contaron después. Fue una noche intranquila, de guardia, pero ahí nos mantuvimos.
Un día, camino a un fondeo en el que habíamos estado otras veces, embarrancamos. El fondo lo había movido el temporal: donde antes había cinco metros, ahora no quedaba más que uno. Lo primero fue el susto; lo segundo, pensar cómo salir de ahí. Qué si con el dingui intentando remolcar, qué si esperar a que pasara alguien que nos pudiese dar un tirón, o, por último, llamar a algún amigo del puerto que nos echase una mano. Sin embargo, de pronto me vino a la memoria la anécdota que un profesor nos contó de haber embarrancado con su mercante en la ría de Huelva: "Timón a una banda, avante; a la otra banda, atrás. Mover la colita —decía— de lado a lado, ampliar el surco". Y funcionó. Un marino gallego con mala leche, pero bueno en sus clases.
Los pescadores de los pueblos de la ribera empezaban su temporada. El fondeo, que había sido un lujo en todo el mar Menor, se complicaba: las redes ocupaban ya los lugares donde nosotros habíamos anclado días atrás. Todo nos decía que aquella etapa se acababa.

Así fue que, a primeros de noviembre, después de esperar un tiempo favorable, atravesamos el canal del Estacio y salimos al Mediterráneo. Tomás nos esperaba para despedirnos; el puente levadizo, lenta y pesadamente, empezaba a abrirse y nosotros, por fin, nos marchábamos de nuestro patio de juegos, rumbo a Almerimar.
Una etapa terminaba y otra estaba por comenzar. 130 millas nos separaban de nuestro destino. Melilla ya lo habíamos descartado: no teníamos plaza.
Los recuerdos ahí siguen: los amigos, las puestas de sol y amaneceres —seguramente uno de los más bellos que hasta ahora hemos visto— se vinieron con nosotros. No cabe duda de que volveremos.
Y así, con el viento en popa, cerramos esa singladura.