
Llegamos a Ceuta a mediados de noviembre de 2025, después de nuestra estancia en Melilla. Una travesía de día y medio nos condujo hasta la puerta del estrecho; esta vez, una travesía tranquila. La limpieza del gasoil y de los tanques que hicimos en Melilla fue efectiva.
En un principio, nuestro plan era estar hasta el comienzo de la primavera para después zarpar rumbo a las Canarias. Al final, la estancia se prolongó más por diversas circunstancias. La primera, desde luego, fue la meteorología, que allá por marzo mantenía una situación bastante variable y, en las Canarias, incluso inusual. Pero Ceuta también fue una escala que usamos para dejar al Azul solo y volver a casa en épocas navideñas. Esa escapada se alargó más de lo esperado, estando en Alicante casi dos meses.

Ceuta fue quizá una de las escalas donde pasamos más desapercibidos. Quizá no nos mezclamos demasiado con los habitantes del lugar, pero la recorrimos entera y disfrutamos de sus paisajes, que realmente son espectaculares.
La ciudad se asienta en una pequeña península que se adentra en el mar, por lo que tiene dos vertientes. La norte mira al estrecho: es donde está el puerto y desde donde se puede ver perfectamente el Peñón de Gibraltar y la bahía de Algeciras a través del intenso tráfico marítimo. La vertiente sur mira al Mediterráneo; aquí están las playas y se aprecian los perfiles de la costa marroquí: Fnideq, el primer pueblo al atravesar la frontera, conocido como Castillejos (muchos marroquíes la siguen llamando así). Desde donde estábamos atracados hasta la vertiente sur nos separaban el mercado central de Ceuta y apenas 500 metros.
Sí, Ceuta está geográficamente en un lugar privilegiado. Caminar hacia Punta Almina (este) te muestra todo el estrecho en su esplendor: las vistas son espectaculares. O coger un autobús hasta Benzú (oeste), una pequeña barriada al borde de los límites de Ceuta, te lleva por una carretera serpenteante que recorre toda la costa adentrándose en el estrecho; sus vistas merecen mucho la pena.

Tiene problemas parecidos a los de Melilla: la misma política ha frenado los intercambios comerciales a través de la frontera. Sin embargo, la gran diferencia es que está a escasas 10 millas de la península y se nota. El tráfico de barcos es intenso; no sé cuántos al día, pero un par de decenas seguro, y eso cambia la fisonomía: la ciudad parece menos aletargada, más activa. Además, sigue siendo ciudad de paso para muchos que saltan desde Algeciras con destino al país vecino. Nosotros mismos lo hemos hecho muchas veces, tiempo atrás.
Y, al igual que Melilla tiene su puerta a Marruecos, y también al igual que allí, solo queda una frontera abierta: la del Tarajal. Al otro lado nos esperaban Tetuán y Tánger.
Fácil de llegar desde Ceuta: cruzas la frontera y un grand taxi compartido te dejaba al lado del centro por 20 dírhams. Muchas veces habíamos pasado antes y siempre la habíamos dejado de lado, camino de Fez o Chefchaouen. Se convirtió en nuestro "nuevo Nador". El pasaporte se siguió llenando de sellos de entrada y salida, y la gran culpable fue Tetuán.
Puedo decir que conocemos bastantes ciudades de Marruecos y casi todas las medinas más turísticas; quizá nos falta Rabat. La medina de Tetuán es realmente hermosa, pequeña y manejable, pero real: la medina es de ellos y no de los turistas. Ojalá (inshallah) se mantenga así. Blanca y laberíntica, imposible llegar a la primera vez al sitio que te propones, al menos para nosotros los extranjeros. Pero es mejor: en esa pérdida constante siempre descubres algún rincón nuevo que te sigue sorprendiendo.

El ambiente —esto es algo común en todo el país— es amable con el visitante. Sin embargo, hay algo especial en Tetuán, algo que nos une y que un día nos separó: Al-Ándalus está aquí presente. Te hablan de ello y lo cuentan con nostalgia: "muchos nos vinimos huyendo aquí". El Horno Ibáñez, histórico, desde 1730. Rastros como esos hay muchos y son visibles. El Festival de Música Andalusí; lástima que nos lo encontramos de casualidad y no pudimos asistir, volvíamos al día siguiente a Alicante justo cuando empezaba. Patios y calles adornadas con macetas de colores y geranios, tan familiar...
Aquí, un violinista en un riad donde nos alojamos (Riad Khmisa), que tocaba de vez en cuando en la azotea, nos interpretó unos acordes que eran el himno español. — ¿Lo conocéis? — preguntó. — Claro — dijimos. — Una canción andalusí — añadió.
Ahí descubrimos que el himno de España tiene su origen en una melodía andalusí. Justicia poética e histórica.
La zona colonial, aledaña a la medina, de la época del Protectorado, del cual Tetuán fue capital, está bien cuidada y con restos visibles de aquel tiempo. A la plaza Primo aún la llaman así, por Primo de Rivera. Sí, estas disonancias están y son visibles.
Esta es una de las ciudades donde los emigrados aún conservan las llaves de las casas de las que tuvieron que huir en la península siglos atrás. Sin embargo, no hay rencor, hay nostalgia.
Entre paseos por Ceuta, escapadas a Tetuán y el mantenimiento del Azul pasaron los días. La fecha de partida llegaba y Tánger se estaba alejando; sin embargo el destino no quiso que nos fuésemos sin visitarlo. Fue una visita corta, demasiado, pero prometemos volver.
Lo poco que vimos y pudimos intuir nos fascinó: una ciudad moderna pero con sus raíces a la vista, justo al otro extremo del estrecho, la puerta de entrada o de salida, según tu rumbo. Fue el cierre a nuestro periodo en el norte del continente africano, un cierre que supo a poco pero que ha dejado su huella.
Por fin llegó el momento de zarpar y esta vez nos despidió un marinero de la Marina Hércules, nuestro hogar estos últimos meses. Gracias por todo, Ceuta.