
Dos años en San Gabriel se cerraron con una travesía que casi no termina bien. Teníamos ganas de algo nuevo: dos años de conocer el barco, de trabajar a bordo del Azul y de ir asimilando la nueva forma de vida en la mar, aunque, como me dijo luego, habíamos prácticamente dejado de navegar. El Azul me lo explicó.
Zarpamos de noche; Juan nos acompañaba. La previsión era llegar antes de las últimas horas del día siguiente, ¡qué iluso!
Hubo tres errores graves y algún otro que ya no recuerdo. Metí la reversa: el Azul cayó rápidamente a estribor, lo cual nos ayudaba a salir de la calle del puerto. Esta vez, sin embargo, cayó demasiado y pareció que perdía fuerza; casi nos aproximamos demasiado al barco que teníamos a estribor. Sin embargo, el corto recorrido de la calle nos permitió salir; libres, un poco a avante para frenar la arrancada y encarar la bocana del puerto, pero algo no iba bien: el Azul no tenía fuerza.
Fue el segundo gran error: habría tenido que invertir y volver al amarre; la inexperiencia se paga.
El motor parecía funcionar correctamente; sin embargo, no había empuje. Nos costó un rato entender cuál era el problema, pero enseguida nos dimos cuenta: la hélice no empujaba. Debía tener algún problema y, claro, lo más probable era el caracolillo: la hélice aspiraba aire en vez de agua, había perdido toda su aerodinámica. Parecía que, en vez de una hélice, teníamos una pelota.
Fue el primer gran error: nunca salir de puerto después de una estancia larga y sin navegar sin una revisión en profundidad de la hélice.
Pero ya estábamos en mar abierto. La noche plácida, fantástica diría; tanto, que ni un soplo de viento. A motor, el Azul no hacía más de un nudo. No tenía sentido forzarlo así; empezábamos a derivar, a flotar, y flotaríamos unas cuantas horas entre Alicante y Tabarca, sin avanzar y sin retroceder.

La noche dejó paso al día y ahí seguíamos, entre la isla de Tabarca y el puerto de San Gabriel. Era momento de tomar decisiones; el parte meteorológico daba vientos favorables que se establecerían a lo largo del día. Las opciones eran volver a San Gabriel o tratar de aprovechar los vientos y llegar a la Manga y, allí, veríamos.
Hablamos por teléfono con Tomás. La segunda opción nos la quitó de la cabeza rápidamente:
—¡Ni se os ocurra! El canal del Estacio tiene corrientes y pueden ser de hasta cuatro nudos; no podéis entrar sin propulsión.
Entonces hay que volver. Contactamos con unos submarinistas de San Gabriel para la limpieza de la hélice, pero pedían una cantidad desorbitada por el trabajo. Así que a mediodía, cuando el viento empezó a levantar, seguíamos sin decisión. Una suave brisa comenzaba y, por fin, podríamos movernos. En ese momento nos llamó Jesús:
—Ir a Santa Pola, no volváis atrás.
El viento era favorable para llegar a Santa Pola, por lo que fue la decisión que tomamos. El Azul comenzó a navegar y nos llevaba con facilidad en ese rumbo. Debo decir también que una de las posibilidades que nos planteamos fue intentar limpiar la hélice en alta mar. El día era tranquilo y soleado, pero era febrero y el agua estaba fría; no llevábamos neopreno a bordo. Otro error más.
Sobre media tarde estábamos arribando a la bocana del puerto de Santa Pola. Nos pusimos en contacto con el Club Náutico de la ciudad; advertimos que llevábamos gobierno muy limitado y nos dijeron que llegásemos a la gasolinera, que era lo más sencillo: desde la bocana, una línea recta hasta el amarre.
En la misma bocana, arriamos velas. Con el poco empuje, lentamente nos aproximábamos al destino. El atraque fue fácil y perfecto; todo había sido un mal trago pero terminaba bien. ¿Qué más podíamos pedir?
Aquí mi tercer gran error: los marineros del náutico me dijeron que no podíamos quedarnos en la gasolinera, que debíamos ir a un amarre. Me indicaron que era el más fácil; desde la gasolinera me lo enseñaron, realmente era sencillo: avanzar unos metros y tomar la primera calle a babor, el primer amarre a estribor, casi en línea recta.
Teníamos dudas, pero parecía posible. Nunca debí mover el Azul; debí haber pedido asistencia. Sin arrancada no teníamos gobierno, y fue el momento más comprometido de toda la travesía por haber pensado que sería capaz.
El Azul no gobernó. Imposible girar a babor ni a ningún lado. El viento nos abatía y nos llevaba contra el final del puerto. Veía el dique acercarse lentamente y supe que habíamos llegado al límite de nuestra suerte.
Metí la reversa a fondo. El Azul cayó a estribor, cogió un poco de arrancada y metió la popa en el amplio pasillo que separaba el club náutico de la marina de enfrente. Lo dejé ir atrás. Gobernaba. Mantenía el rumbo. Al principio había un amarre vacío, pero entrábamos en una calle más estrecha, con pantalán a ambos lados. Punto muerto. El Azul seguía atrás. Lento. Recto. Cuando nuestra proa superó el amarre vacío, di avante con fuerza y timón a estribor. Apenas se movió. Pero la proa giró hacia el sitio correcto y, lentamente, cogió una pequeña inercia que hizo entrar al Azul en la plaza libre. Suavemente. Atracados.
Terminamos en la marina de enfrente con gente con la que no habíamos hablado. Fuimos a la oficina y les explicamos la situación. Muy amables, nos dijeron que ese amarre estaba ocupado, pero que ellos nos movían con una lancha que tienen — lo que debimos haber hecho desde la gasolinera — y que tenían un buzo que nos lo enviarían en unas horas.
Fue un momento tenso; podíamos haber terminado contra el dique o contra otro barco. No pasó nada; atracamos limpiamente de milagro, pero estos errores ya no se pueden repetir. No es un juego.
Pasaríamos la noche en Santa Pola tranquilos. El buzo llegó por la tarde, un chaval de veintipocos, muy simpático; nos dijo que al día siguiente por la mañana, así que nos relajamos y salimos a dar un paseo por la ciudad. Ciudad vecina y muy conocida: alguna que otra cerveza y una cena en tierra, todo un lujo.
Al día siguiente, el buzo se puso mano a la obra; estuvo un buen rato. Limpió la hélice y un poco el timón; nos enseñó videos y cómo estaba. Sí, parecía una pelota. Tremendo.
Cuando terminó, ya era mediodía. Así que, al final, alargamos una noche más en puerto. Planeamos salir temprano para llegar a la Manga el mismo día, así que dimos nuestra última vuelta por la ciudad y pronto a dormir; zarparíamos antes del amanecer.
Al día siguiente, todavía de noche, zarpamos. El Azul volvió a su ser, maniobró perfectamente y con confianza. Dejábamos atrás esta escala imprevista y poníamos rumbo a nuestro amarre en el Tomás Maestre. Esta vez, ya sin incidentes. Por la tarde, antes de anochecer, estábamos a la entrada del canal del Estacio, esperando que se abriese el puente levadizo, sin adentrarnos en él.
Era la primera vez. El puente levanta en las horas pares entre las 8 de la mañana y las 8 de la tarde — en verano amplían un poco el horario, creo — y hay que estar atento a la radio; otro error sería adentrarse en el canal antes de tiempo, donde la maniobra es restringida. Todo fue bien. Antes de la puesta de sol estábamos en la bocana del puerto y un gran banco de peces navegaba bajo nosotros, como dándonos la bienvenida.
Una pequeña travesía, complicada por mis errores. Al final todo salió bien, pero en el mar las cosas pueden ponerse muy feas por sí mismas, y lo que está en nuestra mano no puede fallar como esta vez. Un aprendizaje, sin duda, aunque no me hubiese importado no tenerlo.
Atracados por fin, Jesús y Tomás nos recibieron. Gracias por sus útiles consejos.
Después de unos días en tierra, mi mente revivió cada instante de aquella travesía. Fue una mala travesía, sí, pero pudo haber sido peor. La suerte, o el destino, quiso que todo quedara reducido a un aprendizaje profundo y a una anécdota.
Hoy escribo tras tres años de aquel viaje. Hemos ganado en experiencia sin perder un ápice de respeto al mar; incluso lo hemos acrecentado. Seguimos siendo de hacer estancias largas en puerto, no tanto como en Alicante, pero lo suficiente. Para mí se ha convertido en un ritual antes de zarpar: me pongo el neopreno y echo un vistazo a los bajos del Azul. Aún así siguen ocurriendo imprevistos y seguirán ocurriendo; sin embargo, ahora la hélice siempre está limpia.