Cabo Cope

Rumbo a Almerimar, un viaje de placer

Llevábamos unos meses en el Mar Menor, fondeados día tras día, meciéndonos en esa calma chicha del mar interior, cuando llegó el momento de zarpar. Era principios de noviembre y ya habíamos capeado un par de tormentas de esas que te hacen preguntarte qué diablos haces en un barco. No podíamos retrasarnos más. El parte para la semana siguiente era bueno: poco viento y de tierra. O, como diría Tomás, sol y moscas.

130 millas. En un día y medio estaríamos allí, pero nos planteamos otro plan: navegar de día y, al caer la tarde, buscar un fondeo si las condiciones lo permitían. Así que a primera hora, con la primera apertura del puente del Estacio, salimos al Mediterráneo con rumbo sur-suroeste. Última despedida de Tomás, que nos esperaba al inicio del canal. Hasta pronto, La Manga.

El Portús, primera noche

Poco viento. Motor y mayor arriba. Ese sería el tono del viaje.

A mediodía doblamos Cabo de Palos con una mar plana como un espejo. Pasamos el día contemplando el paisaje —que por estas tierras es realmente hermoso—, picando algo, dejando que el Azul se deslizara tranquilamente. Pasamos Cartagena y la tarde empezó a declinar. Si queríamos fondear, era el momento.

Habíamos visto la cala del Portús en la carta: un poblado pequeño, un camping nudista, aguas limpias. Allí tiramos el ancla. Antes tuvimos que atravesar la zona de espera de los cargueros, anclados sobre fondos de cien metros al resguardo de Cabo Tiñoso. Nosotros, en cambio, buscamos lo somero, lo cercano, lo íntimo.

Fue un acierto. La cala era pequeña, casi un susurro de playa, pero el agua tenía esa transparencia del Mediterráneo virgen. Paramos máquina. Silencio. Solo el chapoteo leve contra el casco. Cenamos bien, con vino, con esa luz que se apaga despacio detrás del cabo. Allí nos quedamos, Eli y yo solos, el Azul meciéndose suavemente y Cabo Tiñoso allá arriba, enorme, callado, vigilante. Un lujo.

Dormimos con un ojo abierto, como siempre, pero todo fue bien. Al amanecer, desayuno de verdad: café, tostadas, huevos y bacon. Las pilas cargadas, levamos ancla y volvimos a atravesar la flota dormida de los mercantes. Pasamos cerca del cabo, donde la costa se adentra en el mar, así que nos separamos un trecho, aunque sin perderla de vista.

Superamos Mazarrón y Águilas. El mar venía salpicado de cañas flotantes; un temporal reciente en levante había arrastrado todo lo que las ramblas encontraron a su paso. Podríamos haber fondeado dentro del puerto de Águilas —dicen que está permitido—, pero llevábamos buen ritmo y decidimos seguir. Playa de las Palmeras fue el objetivo, un poco al sur.

Playa de las Palmeras

El paisaje cambió: más desértico, palmeras recortadas contra un cielo azul, la Nacional 332 pasando cerca pero sin molestar. Esta vez no era una cala cerrada, sino una bahía abierta, y nos sentimos más a gusto. Algunos bañistas en la playa; nosotros enfrente, aproados a tierra, la brisa bajando de la costa. Sin otro barco a la vista. Cena tranquila, un par de cervezas, el sonido de las olas rompiendo lejos. El Azul, un campeón. Y nosotros, privilegiados.

De nuevo el ritual matutino: gran desayuno a bordo, levamos ancla y pusimos rumbo a Las Negras. Allí queríamos pasar la noche.

Dicho y hecho. Navegación tranquila, costera, sin prisas. Al atardecer estábamos anclados frente al pueblo. Quien conoce el Cabo de Gata sabe lo hermoso que es; para nosotros siempre ha sido un lugar especial. Verlo desde el mar, desde el otro lado, fue como descubrirlo por primera vez. Otra cena memorable, otro lujo robado al tiempo.

Las Negras, tercera noche

El parte anunciaba levante para media mañana siguiente. Decidimos zarpar temprano para aprovecharlo y ganar sur. En realidad soplaba noreste, lo que hacía inviable fondear en la playa de los Genoveses —esa lengua de arena que siempre nos ha gustado tanto— antes de doblar el cabo. Lo intentamos, pero había un barco allí que bailaba como un poseso. Nos asomamos, confirmamos lo evidente y seguimos.

Doblamos Cabo de Gata. El pueblo, a sotavento, nos ofreció un fondeo amplio, fácil, tranquilo. El viento nos respetaba. Nuestro viaje llegaba a su fin. Solo faltaba cruzar el golfo de Almería: 30 millas. El parte empeoraba para la tarde-noche siguiente, pero nosotros ya estábamos casi dentro.

Amaneció. Desayuno. Proa al sur.

A media tarde entrábamos por la bocana del puerto de Almerimar. Paramos en el muelle de espera, nos asignaron amarre y, además, nos dejaron elegir. Los adaptamos para que la salida del Azul fuera fácil. Esos pequeños detalles lo son todo.

Ultima puesta de sol, golfo de Almeria

Atracados. Motor apagado. Silencio de nuevo, pero distinto: el silencio de tierra firme.

Fuimos a celebrar la llegada. Y justo entonces comenzó la tormenta: lluvia, viento, el cielo abriéndose sobre nosotros. Allí dentro, a cubierto, viendo cómo el agua lo empapaba todo, sonreímos.

El Azul estaba a salvo. Nosotros también.

Almerimar sería nuestro hogar durante todo el invierno. Un puerto de transeúntes, muchos extranjeros pero acogedor. Allí nos quedamos, viendo pasar los meses, hasta que llegó el momento de volver a soñar con la siguiente singladura.