
Llegamos a Melilla a mediados de mayo de 2025; nos atraía porque nunca habíamos estado. A diferencia de Ceuta, que fue muchas veces ciudad de paso camino de Marruecos, Melilla quedaba muy lejos.
Vinimos desde Almerimar. Una travesía complicada: apenas 130 millas, pero el motor nos dio problemas; mejor dicho, el gasoil nos los dio. "Volvotor" no tuvo la culpa, sino la fastidiosa bacteria del gasoil, aunque esto es historia de otra entrada.
Quisimos venir a Melilla directamente desde La Manga, pero no nos dieron paso en el puerto: nos dijeron que no había plaza, lo cual nos llevó a Almerimar, donde pasamos el invierno anterior. En primavera nos confirmaron que teníamos lugar libre y, cuando el tiempo lo permitió, allí que fuimos.
Melilla fue un descubrimiento en todos los sentidos. Es una ciudad particular; su situación geográfica y política la hacen diferente. No es una ciudad como las de la península, y poco a poco íbamos a descubrirlo. El primer paseo, entre la adrenalina y la euforia del viaje, nos llevó a recorrer y empezar a conocer sus entresijos.

Llamaba la atención escuchar lo que se hablaba en la calle. Resultaba impactante oír castellano y tamazight a partes iguales, incluso con mayor presencia de este último. En un primer momento pensamos que era árabe, pero al ir aprendiendo sobre la ciudad descubrimos que no era correcto: el tamazight es el idioma, el bereber de esta zona del norte de África. Llamarlo árabe es como llamar sueco al español.
Era lógico pensar que fuera así, pero nadie nos lo había contado. A mí, personalmente, me chocó bastante. Acostumbrados a la península, de donde salen noticias de graves problemas de convivencia, de racismo o de episodios despreciables en algunos pueblos contra la población inmigrante, iba a ser interesante conocer un poco más qué pasaba allí.
Era lógico pensar que fuera así, pero nadie nos lo había contado, y a mí personalmente me chocó bastante. Acostumbrados a la península, de donde salen noticias de graves problemas de convivencia, de racismo, de episodios despreciables en algunos pueblos o ciudades contra la población inmigrante, iba a ser interesante conocer un poco más qué pasaba allí.
Al caer la noche, ya de vuelta al Azul, ese primer día se empezó a escuchar la llamada a la oración del muecín. Siempre nos ha gustado escucharla cuando hemos viajado a países de religión musulmana, pero esta vez me resultó inesperado: no me lo esperaba en una ciudad española, y me gustó.
Nuestro camino por Melilla acababa de comenzar y ya había aportado sensaciones que no esperábamos. La ciudad, por sí misma, prometía: su ciudadela antigua y muy bien conservada, testigo de otros tiempos e importantes episodios; su casco antiguo y señorial, contraponiéndose a los barrios vivos y populares, regados de tiendecillas y mezquitas; el té a la menta, y los churros. Sí, los churros: los melillenses los adoran, y raro es una cafetería que no los sirva, para desayunar o para merendar, a la hora que quieras.
Mucha policía y militares visibles en la ciudad, muchos monumentos y calles nombradas a militares. Todo parecía indicar una mezcla complicada, pero solo parecía. De nuevo no era la realidad, o al menos no lo que nosotros pudimos ir descubriendo.
Y la frontera, la puerta a otro país, a otra cultura. Al otro lado esperaban Nador, Saídia, Oujda, Alhucemas… Siempre he pensado que es afortunado vivir cerca de una frontera que te lleve a otro lugar, y si es otra cultura diferente, mejor. Melilla nos lo corroboró. El noreste marroquí, para nosotros un total desconocido.
En seguida conocimos a nuestro vecino de barco y amigo, Hilario. Entablamos una conexión rápida, y toda nuestra estancia en Melilla no podrá ser recordada sin acordarnos de él. Compartimos charlas, risas y copas, además de anécdotas y vivencias que nos reservamos para nosotros tres. 76 años y como un chaval, viviendo en un velero desde hace mucho tiempo y en Melilla, creo recordar, casi 20 años.

Empezaron a pasar los días y a establecerse una rutina, la rutina normal de cualquiera que vive en un lugar. Las primeras sensaciones se iban calmando y asimilando. Ya empezaba a ser absolutamente normal el tamazight por la calle y el muecín. Y una idea que estaba creciendo en nosotros cada vez se hacía más cierta: la armonía en la ciudad. Las dos culturas conviviendo y aparentemente sin fricción. No digo que no existan, pero para nosotros no fueron visibles. Los melillenses hablan de cuatro culturas en la ciudad: es cierto que están también los judíos y los hindúes, pero realmente, aunque visibles, son minoritarios. Cuando hablo de la convivencia de las dos culturas me refiero a la cristiana y la musulmana, que son el grueso de la ciudad.
Es quizá la idea más fuerte que nos llevamos de allí: esa armonía y convivencia. Personalmente me parece fantástica, y entonces me hace preguntar: ¿qué hacemos en otros lugares? ¡No es tan difícil! Y además muy saludable, para las personas y para la sociedad.
Llegó nuestra primera escapada a Marruecos: la frontera a pie. Aunque me gusta vivir cerca de una, cruzarlas nunca es demasiado agradable. Sin embargo, no fue complicada ni tampoco demasiado larga. Al otro lado nos esperaba el puerto de Nador y el autobús de línea que nos llevaría a la ciudad por 5 dírhams.
Nador no prometía una medina antigua; era una ciudad relativamente moderna y, a riesgo de equivocarme, desarrollada o impulsada urbanísticamente por los españoles no hace tanto.
Es cierto que no es una ciudad monumental; es más tirando a fea, dirían algunos, pero nos gustó mucho. Una ciudad grande, a ratos caótica y siempre llena de gente que va para todos los sitios posibles. Al borde de la Mar Chica, un mar interior gemelo al Mar Menor en Murcia. Pescado en todos los bares y muchos carteles en español de otras épocas. A tiro de piedra de Melilla; en una hora u hora y media hacíamos el camino, esperas en la frontera incluidas. Se convirtió en destino frecuente para ir de compras o para lo que fuera, llenándonos el pasaporte de sellos de entrada y salida.
Fuimos a pasar el día muchas veces. Y sí, llegó también aquí el McDonald's: cada imperio deja sus huellas por donde pasa; el de ahora deja estas cosas.
Mientras Oujda se nos quedó al final en el tintero porque el calor del verano ya apretaba, recibimos la visita de Javier y Carmen. Con ellos nos fuimos a la playa, al extremo oriental marroquí, pegado a la frontera argelina. Saïdia es una ciudad moderna y enfocada al turismo propio. Fuimos en pleno verano y lo sentimos y escuchamos: precios altos y música hasta altas horas.
La playa, espectacular: kilómetros y kilómetros. La parte de apartamentos, pues la verdad, no tiene mucho que contar, aunque nunca se olvida que estamos en otra cultura y siempre tiene su encanto. Un par de noches nos quedamos y decidimos marchar a un pueblito pesquero, Ras el Ma, mucho más pequeño y tranquilo, con un paisaje bonito. De camino visitamos la marina de Saídia, una marina grande y bastante vacía. Durante un tiempo pensamos en venir a pasar una temporada con el Azul, cosa que al final no hicimos. Es cierto que está en medio de una urbanización y un poco lejos del pueblo; sin coche todo es más difícil.

El tiempo siguió transcurriendo. Melilla, unida a la península por dos barcos diarios —uno a Málaga y otro a Almería—, el cordón umbilical, parece frágil pero ahí está. También tiene aeropuerto, pero son vuelos de aviones pequeños y no baratos. Por ahí entró una segunda visita: Gaspar, amigo de toda la vida. Y ¿cómo no? Fue el otro viaje de unos días a Marruecos, esta vez hacia el oeste: Al Hoceima, una ciudad vibrante y moderna encaramada a un acantilado sobre el Mediterráneo. Nos encantó, su gente y su energía. Se intuían movimientos discretos pero reales de independentismo de los rifeños; alguna pintada en las paredes de las calles lo delataba. No había visto estas cosas en Marruecos en la parte occidental; aquí hay otras inquietudes. Pero la ciudad siempre nos mostró su cara amable. Era fácil entendernos en español, y eso es una ventaja. Una ciudad sorprendente a la cual volver.
Los meses pasaron rápido. Se crearon amistades que ahí están todavía. El combustible del Azul nos ocupó una temporada: filtrado, limpieza de tanques, tratamiento, nuevo bypass de emergencia por si las moscas y nuevo separador de agua, que fue el que nos dio problemas en la travesía de llegada.

Pero no todo era la rutina del barco. Con el tiempo fuimos comprendiendo que Melilla también tenía heridas. La política, tanto por parte española como marroquí, hirió a la ciudad. Hoy solo queda una frontera abierta, y la frontera comercial se cerró definitivamente después del Covid. Aquellas colas de mujeres con fardos pasando para comerciar, que tantas veces habíamos visto en fotos y documentales, ya no existen. Muchos comercios cerrados nos explicaron que fueron consecuencias de ese cierre. Les hizo daño, pero no la mataron. Posiblemente sea más voluntad marroquí por presionar lo que ellos consideran suyo. Es un tema delicado, lo sé, pero Melilla tiene mucha historia y no merece que se le olvide lo que ha perdido.
Y a pesar de todo, la ciudad seguía viva. Seguía siendo esa mezcla rara y maravillosa que nos atrapó desde el primer día.
Llegó entonces el momento de irnos. Hilario nos despidió. Él soltó las amarras del Azul con esas manos que tantos nudos han hecho. La despedida fue emocionante. También estaban Jose y Parsi, un gallego y una filipina, pareja, que habían llegado el último mes a Melilla. Entre todos, entre risas y algún silencio, nos echaron al mar.
Y entonces, mientras Melilla se alejaba en el horizonte, supe que ya no era la misma lejanía de cuando llegamos. Ahora era una lejanía habitada por el eco del tamazight, el olor de los churros recién hechos, las risas de Hilario al atardecer y ese muecín que, desde la otra orilla, aún me recuerda que la convivencia no es un sueño, sino una posibilidad real.
Nos falta el final del viaje, pero quizá el final sea este: seguir navegando con la certeza de que hay lugares, incluso dentro de España, donde el mundo se entiende de otra manera. Melilla nos lo enseñó. Y por eso, ahora, la escribo.